Mural IAT

Inauguración del Mural del Instituto Andaluz de Tecnología


Firmamento - Por encima de todas las cosas, el Cielo; no un cielo atmosférico, divino o aeronáutico, sino un Cielo categórico e iniciático para todas las posibilidades imaginables en el orbe del que el hombre es dueño y señor pero donde tendrá que aprender a ser inquilino. Sobre las supremas nubes pueriles del pincel, el Ojo triangular que todo lo observa, que todo lo potencia, que todo lo juzga. La boca granate de un más allá insufla vientos a un más acá, para que comience a girar la rueda de la Vida. Y comienza, en efecto, con gotas de agua multicolor que caen con la feliz gracilidad de todos los empieces. Sobre este telón del Aire, la mano altiva del hombre, su ciencia y su técnica, tan capaces. El zeppelín dirigible (que aspira al zeppelín ocular de lo Supremo), las ruedas con sus engranajes (que giran al mismo son de las circunferencias eólicas), las aspas de un molino (que en su labor trinitaria describen la perfección del círculo genético, de génesis). Esta estampa superior levanta ya la sospecha de que el homo sapiens es, en rigor, un homo notarius, un fiel copista de la Naturaleza acabada. Aunque el hombre, más abajo, se empeñe en desmentirlo. La rueda dentada de la derecha es también una gran lupa, uno de cuyos semicírculos inacabados se mantiene arriba y el otro, en la parte intermedia del tríptico. Fijémonos primero en el semicírculo superior. Tras la transparencia aumentativa de la lente, las gotas se convierten en fórmula química; las microscópicas células celestes, en una cadena rizada del ADN. Y así, tras esta inteligente mirada humana, la Vida fluye…, se derrama en verticalidad dual hacia nuestro mundo, donde ya océano y firme se miran frente a frente.

Tierra y Mar - Ya en las dos partes inferiores del tríptico, la dualidad se hace patente, primero en Agua y Tierra y luego en sendos submundos abismales, con su Fuego en el magma profundísimo. La gran lente investigadora descubre aquí moléculas lumínicas con formas poligonales de colmena sistemática, cuyas celdas son ajustadas por una llave inventada por la mecánica del hombre, a imagen y semejanza, eso sí, de la perfección invertebrada. De los retoños más altos del olivo plantado se desprenden, al alimón, el dióxido de carbono y el oxígeno, envés y haz de la Vida en gerundio locomotor. Desde esta perspectiva, uno comprende ya que esas ruedas dentadas que conforman el corazón de la obra no son independientes, sino que se conectan a través de la sístole y diástole de sus engranajes, como las tres clásicas ruedas de la Fortuna cuyo símbolo mira con ojos de búho, ave nocturna de la suerte y la sabiduría, contemplativa sobre una rama del Árbol de la Vida. Lo que ve el rapaz lo mira también el hombre: la fuerza imantada de una gran herradura que transmite el dinamismo de las alturas a la savia que ha de transformarse en olivas, por ejemplo, aunque el ejemplo no sea casual sino ejemplar, claro, integrante de otro tríptico vegetal y vivísimo con el maíz de allende el Atlántico y la vid de allende los tiempos. Enfrente, y en el límite anfibio del cuadro, la rueda más pequeña y definitiva, en cuyo centro se atisba la estrella de seis puntas que es también un copo de nieve, o al menos el icono que nuestra tecnología ha hecho de él. A la altura simétrica de la tierra firme, un velero surca un oleaje que se suaviza conforme descendemos la mirada y la fuerza hidráulica de las mareas. Sobre una de las velas, no sólo el viento que poetizó Alberti, sino el compás Galileo que mide en la proporción que la Naturaleza le permite su exacta latitud en el azul salado. Es decir, arte y tecnología al son de la pleamar.

Submundos - Bajo la quilla del barco, las gamas de la profundización científica, guiadas por el eje de su mástil. Al igual que las raíces de la tronca del olivo se pierden en las profundidades del tiempo interior de la tierra, ligadas a ese reloj de arena que irradia su amarillo como un faro subterráneo, el mástil del barco estructura el fondo oceánico hasta sus raíces abisales. Ejerciendo de ecuador de tal paralelismo, las circunferencias concéntricas del núcleo terráqueo, como un sol inverso en lo más hondo del Fuego interno de Mamá Tierra. Los haces de luces y sombras en las aguas centellean sobre un submarino al que se acercan caballitos de mar y peces de colores porque no es una máquina de matar, sino un artificio técnico de la inagotable curiosidad humana. Sobre todo ello, la red que arrastra el velero lleva las siglas del Instituto Andaluz de Tecnología, un hallazgo a media altura entre la ciencia y la técnica que no teme reflejarse en el espejo cóncavo de la naturaleza y el arte. En el otro extremo de esta última hoja del tríptico, se atisba un detalle ultramarino: un nudo de maromas minúsculas del que pende el reloj del tiempo cuya arena no sabemos cuánto tardará en bajar. Recuérdese que la fuerza de una cadena es la de su eslabón más débil y, en este caso, la fortaleza del olivo, con todo su imán absorbente del entero firmamento, se amarra tan sólo a ese hilo de la Vida bajo la superficie de la conciencia, sobre los acuíferos esenciales en los que crecen y se desarrollan raíces y caracolas. Más abajo aún, el túnel, no se sabe si del tiempo o de la ciencia ya sin raíces al que sólo nos podría conducir la imaginación. En cualquier caso, también hasta ese túnel de perspectiva cónica nos arrastra nuestro afán tecnológico sobre unas vías férreas que aquí se adentran en lo desconocido o sobre un tablero de ajedrez del que sólo asoman una porción bicolor y unas piezas perdidas asimismo en la noche de los tiempos.

TEXTO: Álvaro Romero Bernal



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Fotografias y Video: Raul Díaz